Esta vez me remito a la vida. A la misma vida. No quiero hablar de economía ni de crisis porque ya estamos saturados y hay que tomar un respiro, aire para seguir luego buceando entre las cosas mundanas. Así que hablaré de un hombre que me confesó que vivió al límite hasta encontrar el modo de reunirse consigo mismo y no volver a separarse nunca más. Hablo de Juan Luis Galiardo, andaluz de San Roque, como Castilla del Pino, a quien además admiraba profundamente. La última vez que lo vi fue apenas hace unos meses y volvió a sorprenderme. Poco antes hablábamos en mi programa "La Calle de Enmedio" de Canal Sur Radio sobre su reciente obra de teatro, "El Avaro" de Molière. En un momento determinado me dijo que cada vez se sentía más como los cómicos de toda la vida, los del carromato por los caminos, y que había decidido que había que volver a eso, a pregonar por las calles la representación. Yo imaginé que se trataba de una metáfora, de una manera de hablar del modo apasionado en que siempre hablaba. Poco después, en plena calle me llamó la atención uno de esos coches con altavoces que van vendiendo por ahí lo que sea, como el turronero o el tapicero ambulante, pero esta vez era teatro. Efectivamente se anunciaba la obra de Juan Luis en una especie de furgoneta con carteles pegados en las ventanillas y sí, un altavoz, pero detrás del megáfono estaba el propio Juan Luis Galiardo con un micrófono dentro del coche hablando directamente a los viandantes e invitándoles a que lo vieran sobre la escena. Pegué un salto del sillón de la terraza donde estaba sentado y me levanté a seguirlo. A los pocos metros se detuvo el coche y la comitiva que le seguía tan sorprendida como yo. Él se bajó y con esa sonrisa de hombre poderoso y magnánimo que siempre tenía, empezó a hablar con unos y con otros y a abrazarlos incluso. La gente no se lo creía pero era verdad. Con toda su fuerte humanidad (ha sido nadador toda la vida y nunca fumó) también tuvo un abrazo para mí. Hablamos un momento en la calle y me dijo "¿Ves como era verdad?, pues si no te lo creías aquí tienes la prueba. Hay que acercar a la gente al teatro. Si la gente no va al teatro tú tienes que venir hasta la gente para decírselo. ¿Qué es eso de quedarse sentado a esperar en tu casa?". Le pregunté como estaba, claro y me dijo que seguía siendo un ilusionado superviviente, adicto a la vida. Maldita sea que se ha ido.
Una vez, hace tres años usaba una expresión parecida: se sentía "un superviviente útil", y es verdad que la vida le ha pegado duro, pero él, orgulloso gallito de corral que se bebió inconscientemente la vida a tragos demasiado largos, supo levantarse con humildad y mirarse al espejo hasta que esa imagen borrosa empezó a volverse clara y dibujarse en sus pupilas. La relación con sus mujeres y sus hijos siempre fue alimento esencial para eso. Vivía estos últimos años en lo que llaman el desapego, algo que Buñuel definió como "una gran liberación una vez que te abandona el sexo y la pasión". Aquel galán que fue de joven le hizo daño: detuvo su crecimiento y paralizó su creatividad. Tras su caída aprendió más del sufrimiento que del placer. También me dijo que los psiquiatras del pastillazo fueron, cómo no, una decepción y que la psiquiatría liberadora de Manuel Trujillo o el profesor Castilla del Pino le hicieron vislumbrar el camino. Con su paisano, medio cordobés también, pasaba veladas de charlas maravillosas porque lo veía casi como a Maimónides, un filósofo, un médico y un sabio de una generación. Los años se acumularon al final en su vida, pero ya no le pesaban. Se sentía ligero porque se sentía útil. En una de esas entrevistas que me concedió, terminaba hablándome así: "Hoy, en la última vuelta de tuerca de mi vida, creo que tengo una utilidad y busco en ella mi paz y morir con absoluta dignidad". Lo hizo, y aunque deja el hueco de quienes marcaron su huella en la vida, también queda en mí, como en tantos otros, el recuerdo imborrable de los grandes hombres, ese que te da el aire necesario para seguir viviendo.
Qué maravilla!!! Enhorabuena!!!
ResponderEliminarEres genial para hablar y para escribir pero sí se trata de un amigo que bonito lo escribe en hora buena, sigue sin, me gusta mucho este artículo.
ResponderEliminar¡¡¡Eres un fuera de serie Rafael!!!. ¡¡¡¡Qué artículo más bonito!!!! enhorabuena¡¡
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