sábado, 23 de junio de 2012

El aire de los grandes hombres

          Esta vez me remito a la vida. A la misma vida. No quiero hablar de economía ni de crisis porque ya estamos saturados y hay que tomar un respiro, aire para seguir luego buceando entre las cosas mundanas. Así que hablaré de un hombre que me confesó que vivió al límite hasta encontrar el modo de reunirse consigo mismo y no volver a separarse nunca más. Hablo de Juan Luis Galiardo, andaluz de San Roque, como Castilla del Pino,  a quien además admiraba profundamente. La última vez que lo vi fue apenas hace unos meses y volvió a sorprenderme. Poco antes hablábamos en mi programa "La Calle de Enmedio" de Canal Sur Radio sobre su reciente obra de teatro, "El Avaro" de Molière. En un momento determinado me dijo que cada vez se sentía más como los cómicos de toda la vida, los del carromato por los caminos, y que había decidido que había que volver a eso,  a pregonar por las calles la representación. Yo imaginé que se trataba de una metáfora, de una manera de hablar del modo apasionado en que siempre hablaba. Poco después, en plena calle me llamó la atención uno de esos coches con altavoces que van vendiendo por ahí lo que sea, como el turronero o el tapicero ambulante, pero esta vez era teatro. Efectivamente se anunciaba la obra de Juan Luis en una especie de furgoneta con carteles pegados en las ventanillas y sí, un altavoz, pero detrás del megáfono estaba el propio Juan Luis Galiardo con un micrófono dentro del coche hablando directamente a los viandantes e invitándoles a que lo vieran sobre la escena. Pegué un salto del sillón de la terraza donde estaba sentado y me levanté a seguirlo. A los pocos metros se detuvo el coche y la comitiva que le seguía tan sorprendida como yo. Él se bajó y con esa sonrisa de hombre poderoso y magnánimo que siempre tenía, empezó a hablar con unos y con otros y a abrazarlos incluso. La gente no se lo creía pero era verdad. Con toda su fuerte humanidad (ha sido nadador toda la vida y nunca fumó) también tuvo un abrazo para mí. Hablamos un momento  en la calle y me dijo "¿Ves como era verdad?, pues si no te lo creías aquí tienes la prueba. Hay que acercar a la gente al teatro. Si la gente no va al teatro tú tienes que venir hasta la gente para decírselo. ¿Qué es eso de quedarse sentado a esperar en tu casa?". Le pregunté como estaba, claro y me dijo que seguía siendo un ilusionado superviviente, adicto a la vida. Maldita sea que se ha ido.
   
           Una vez, hace tres años usaba una expresión parecida:  se sentía "un superviviente útil", y es verdad que la vida le ha pegado duro, pero él, orgulloso gallito de corral que se bebió inconscientemente la vida a tragos demasiado largos, supo levantarse con humildad y mirarse al espejo hasta que esa imagen borrosa empezó a volverse clara y dibujarse en sus pupilas. La relación con sus mujeres y sus hijos siempre fue alimento esencial para eso. Vivía  estos últimos años en lo que llaman el desapego, algo  que Buñuel definió como "una gran liberación una vez que te abandona el sexo y la pasión". Aquel galán que fue de joven le hizo daño: detuvo su crecimiento y paralizó su creatividad. Tras su caída aprendió más del sufrimiento que del placer. También me dijo que los psiquiatras del pastillazo fueron, cómo no,  una decepción y que la psiquiatría liberadora de Manuel Trujillo o el profesor Castilla del Pino le hicieron vislumbrar el camino. Con su paisano, medio cordobés también, pasaba veladas de charlas maravillosas porque lo veía casi como a Maimónides, un filósofo, un médico y un sabio de una generación. Los años se acumularon al final en su vida, pero ya no le pesaban. Se sentía ligero porque se sentía útil. En una de esas entrevistas que me concedió, terminaba hablándome así: "Hoy, en la última vuelta de tuerca de mi vida, creo que tengo una utilidad y busco en ella mi paz y morir con absoluta dignidad".  Lo hizo, y aunque deja el hueco de quienes marcaron su huella en la vida, también queda en mí, como en tantos otros, el recuerdo imborrable de los grandes hombres, ese que te da el aire necesario para seguir viviendo.

martes, 12 de junio de 2012

Los hombres de negro ya han estado aquí


     Pues no se hicieron esperar. Pidieron el rescate. Es cierto que esa expresión tiene mucho de argot policial. Parece una película, la de un secuestro. Alguien  nos ha secuestrado y para liberarnos pide un rescate. En la vida real,  cuando el rehén es liberado, ciertamente se celebra la buena noticia, pero no deja de ser un mal menor. Las preguntas son... ¿Quién nos ha secuestrado?, ¿por qué?, ¿cuando se pague el rescate, se irá a por los secuestradores para que culpen por lo que han hecho?,  ¿nos devolverán el daño causado con intereses?...  Hay, desde luego en la nomenclatura, matices de peso: no es lo mismo ayuda que rescate. Supongo que por eso se buscan eufemismos siguiendo la tradición de los últimos años en política, sin ir más lejos cuando se negaba la palabra crisis. Al ciudadano lo que le interesa es saber si ese dinero disponible de hasta 100.000 millones de euros se usará en cuanto sea recibido inmediatamente para dar crédito a las PYMES y a las familias en las mismas condiciones "extremamente favorables" como dijo Guindos. Dinero que se presta al FROB, que es el Estado, matizo yo ahora. Dinero que no va a solucionar el  problema de los parados directamente, si no a refinanciar a los bancos  que no han hecho bien su trabajo. ¿Alguien exigirá al menos inhabilitación profesional a los autores de la catástrofe?. 

       Nadie presta dinero a cambio de nada. Eso lo sabemos todos y lo sabe Rajoy que tiene ahora la pelota  en su tejado y espera ver aparecer, mirando por la ventana, a los hombres de negro merodeando por el jardín. De momento no comparece en el Congreso aunque lo pida la oposición, a ver  qué cifra le ponen   las dos auditorías independientes (¿las otras eran interesadas?) y sobre todo,  a ver qué pasa el próximo domingo en las elecciones de Grecia y las consecuencias, en el peor escenario posible, de que decidieran los helenos su salida del euro.

     Lo peor de este símil de los hombres de negro que puso el propio ministro de Economía en un explicatio non petita accusatio manifesta, es que los susodichos trajeran como en la película, una especie de lápiz borrador de la memoria, y que una vez hecho su trabajo de limpieza, le dieran al botón y a todos se nos olvidara lo mal que se hicieron las cosas para tenernos de nuevo en sus manos y así poder seguir con lo suyo sin miedo a nada. Repetiríamos los males con cara de bobos y nos tragaríamos el cuento que quisieran contarnos. 
     Caramba, ¿pero no está pasando eso ya?.

lunes, 4 de junio de 2012

Vida inteligente

     Hace unos días tuve la suerte de entrevistar al filósofo Manuel Cruz. Hablamos de cómo desde la Filosofía se puede afrontar la crisis. Me interesaba la otra mirada, más humana y no exclusivamente monetarista del momento que estamos viviendo. Disfruté de su discurso sencillo a pesar de lo elaborados que han tenido que ser sus razonamientos para depurarlos en palabras claras y servibles. Le pregunté poco más o menos por la idea del "Árbol de la Ciencia" de Pío Baroja: salir de este mundo por la puerta de atrás, sin pensar ni sufrir, olvidarse de los problemas simplemente porque decidimos no conocerlos. Desde luego esa tesis es sólo para los que no padecen el drama de llegar a fin de mes o qué comer o dónde dormir. Él me respondió que si a la gente le planteas la posibilidad de elegir entre  saber una noticia por mala que sea o no saberla, la mayoría diría que sí, a pesar de que pudiera ser dolorosa. Casi todos aceptaríamos. Ahí está la Filosofía. 
    
     ¿Cuál es la medida entonces?. Difícil. Quedarse corto tiene su coste y el riesgo de la ignorancia es que resulta complicado tomar luego decisiones razonables. El otro extremo es muy común en nuestra sociedad: vamos tan deprisa que sufrimos las consecuencias de la caída sin habernos asomado siquiera al precipicio. Somos esclavos de los ecos interesados, de los malos augurios intencionados, de las agencias de rating, de los que piensan que cuanto peor mejor, de los que sacan partido del miedo y se enriquecen aún más con él. También muchas veces vivimos preocupadamente por cosas que aún no han sucedido, como el dichoso rescate de España aunque al ritmo que va todo es posible que estas líneas queden antiguas dentro de momento. Tendemos, además, a complicarnos la vida y a marear la perdiz sin remisión, en una olla hirviendo que cocinan los agoreros con sus malos rollos apocalípticos (de eso han vivido algunos medios durante mucho tiempo). Pero nadie se salva y hasta yo mismo sigo en Tweeter la prima de riesgo minuto a minuto, como si eso mismo pudiera cambiar mi vida de un minuto a otro

      Hay que ser más normales, más sencillos.  El problema es que no nos dejan porque dicen una cosa y al mes siguiente la desmienten o directamente propugnan la contraria con la misma dedicación. El momento es difícil y seguimos errando las políticas internas a pesar del repunte del empleo el mes pasado. Pero lo peor es que, viviendo al socaire de las normas de Bruselas o Francfort, me planteo como el economista José Carlos Díez, con el que también tuve oportunidad de hablar esta semana, no sólo si hay vida inteligente en Europa,  si no directamente, si hay vida inteligente en la tierra entera, capaz de frenar este sinsentido.