miércoles, 30 de mayo de 2012

La primera vez

     Siempre hay una primera vez. La hay para todo. Luego repetimos si nos gusta o lo dejamos si no. Y en función del impacto que produzca en nosotros, lo recordamos o lo olvidamos para siempre. También hay primeras y únicas veces. Nacer y morir. No pueden hacerse estas cosas, salvo retóricas y metáforas, más que una vez en la vida. Todos nacemos y morimos por primera y única vez. Para lo demás se nos permite probar y equivocarnos tantas veces como seamos capaces. Recuerdo la primera vez que me dieron un lápiz en el colegio. Tenia tres años y, curiosamente no se me olvida. Era un colegio de monjas en Córdoba, la ciudad donde nací. Y era un colegio oscuro, en el centro de la ciudad, con clases oscuras y bancos y pupitres gastados de madera, heredados de la posguerra porque olían a muchas manos sucias de niños y tinta sobre ellos. Conservaban ese agujero en la esquina para poner los tinteros de cuando no existían los bolígrafos y una hendidura a lo ancho en la parte superior donde colocar las plumas o los lapiceros.
   
     Siempre me ha fascinado el papel en blanco. Es como el futuro, todo por hacer. El papel en blanco es la esperanza de un mundo mejor. El papel en blanco es tal vez El Quijote o Cien Años de Soledad. Yo seguramente pintaría como cualquier niño en su casa muñecos o árboles imaginarios porque aún no conocía las letras ni los números. Pero que un objeto como el lápiz dejara una huella de lo que se me antojara en un papel era siempre una satisfacción de auto reconocimiento. Pienso esto, lo hago, lo pinto, aunque sea una línea sin sentido. Ahí anidó más tarde la esperanza de contar la mejor historia o la mejor idea. Nunca pensé en el dibujo o la pintura porque cualquier intento era frustrante, como sigue siendo hoy en día. Pero tendría más tarde la esperanza de la palabra que también sigue hoy en día.
   
     En ese colegio oscuro de monjas serias (no recuerdo ni una sonrisa en ellas) me dieron por primera vez un cuaderno a rayas o de rayas. Mi misión era poner ahí repetidamente una serie de ceros y palotes de manera ordenada y disciplinada. Solo eso. Ceros y palotes. Como en un adelanto del código binario de un futuro de ciencia ficción, había combinaciones de dos ceros y un palote o de tres palotes y un cero, al albedrío de doña Josefina, una monja alta y delgada con gesto seco, como todas.
   
     Este es un intento de blog llamado así, el Cuaderno a Rayas, en recuerdo de la primera vez que escribí algo ordenado, ceros y palotes, como los bits que están por debajo de este texto y que no vemos y que no son más que eso, ceros y palotes ordenados de manera que expresen algo con sentido. Esta es tambien la primera vez en este blog, aunque esté repitiendo, sin saberlo, una nueva combinacion de ceros y palotes en un cuaderno a rayas... virtual. Ojalá no sea la única.